STALIN Y LOS JUDÍOS

Posteado el Sáb, 10/02/2018 - 12:16
Autor
Pablo Schvartzman

Mientras escribía las notas sobre Franco y Mussolini me bullía en la mente otra referente a Stalin, y aquí la estoy desarrollando.

En su libro sobre la represión bolshevique Antonio Frescaroli cuenta una ficticia anécdota tragicómica. En las primeras páginas de su trabajo se lee: “Si un pope hubiera acudido a la cabecera de Stalin y, tras haberle hablado de la inmensa misericordia de Dios, le hubiese preguntado: “—José Stalin, ¿has perdonado a tus enemigos?”, el tirano le hubiera podido contestar: --Padre, no tengo enemigos. Los he matado a todos”.

Martín Amis dijo que Stalin era rudo, taciturno, tenaz, astuto, desconfiado, sobrio, poco comunicativo; no un arrebatado, no un nacionalista fanático, no un antisemita patológico como Hitler.

Me permito agregar que era paranoico e implacable y quiso traer a los pueblos de la Unión Soviética desde la Edad Media al siglo XXI sin mirar los costos y las bajas humanas. Ya lo dijeron antes que yo: la muerte de una persona es una tragedia; la muerte de un millón, mera estadística.

Pero mi nota quiere referirse a Stalin y su relación con los judíos. A pesar de su monomanía, tuvo la habilidad de convocar a gente incondicional en un gigantesco país de cientos de millones de habitantes, y la paranoia de sus últimos años no le impidió rodearse de talentosos judíos a los que usó y exprimió. No hay que olvidar a las víctimas de sus sicarios y terribles purgas entre las cuales se puede mencionar a los judíos Zinoviev, Kamenev, Radek y – last but not least—León Trotzky.

No obstante, Stalin tuvo a su lado a judíos de excepcional capacidad en sus respectivas especialidades: Litvinov en Diplomacia, autor de la famosa y genial frase “La paz es indivisible”; Ehrenburg en Literatura; Eisenstein en Cine, considerado durante años quizás el más grande artista de la historia del Séptimo Arte; Zaslavsky en Periodismo; Kaganovich en Organización Partidaria y Obras Públicas; Mekhlis, “un hombre de amable personalidad” como dicen Fishman y Hutton, en Control Político de las Fuerzas Armadas, etc.

La leyenda dice que, en una de las últimas reuniones de Stalin con pocos miembros del Comité Central del Partido, Lázaro Kaganovich sacó de su bolsillo el carnet partidario y lo rompió en pedazos ante el rostro de Stalin diciéndole algo como “Me siento avergonzado de pertenecer a tu bando”. Dicen que el dictador sufrió un ataque de furia, una apoplejía, no fue socorrido por los presentes y dejó de existir.

Víctor Alexandrov y el embajador Ponomarenko dan versiones no muy distintas, pero tampoco exactas a la de la furia de Kaganovich.

Otra versión – también posible—dice que Molotov le dio algo a beber, que lo reanimó momentáneamente, pero Stalin, experto en venenos, dijo enseguida que había sido intoxicado con una substancia que ya no podía ser remitida ni anulada y que le quedaban sólo unas pocas horas de vida, por lo que con toda lucidez dio precisas instrucciones a los pocos que lo rodeaban, reconociendo a Molotov como el más inteligente de sus colaboradores y colocaba en segundo término a Lázaro Kaganovich.

 

republicación de nota ya emitida.

Concepción del Uruguay, 30 de mayo de 2010.

 

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